Mitu_CosmusTour_Bogotá

Vertiginoso, denso e intenso, así es Mitú en vivo. Fuimos a vivir la experiencia del Cosmus en vivo con su show de cierre de año en Bogotá.

 

Antes del 1 de diciembre sólo había visto a Mitú en vivo una vez, fue en un toque gratis a mitad de año. El lugar era pequeño y llegó tanta gente que al acabar decidieron hacer otra sesión, justo después, para los que habían quedado fuera de la primera. Los 45 minutos que tocaron ese día no se comparan en absoluto con las 3 horas que lo hicieron esa noche de viernes y madrugada del sábado, en una de las últimas fechas de su Cosmus Tour. Desde que decidí ir a verlos por segunda vez supe que la experiencia sería totalmente distinta, empezando por el horario y sitio en el que tendría lugar.

Boogaloop, un club de la capital que volvió al ruedo hace un año, tras tres de silencio, y que puede tener pop, electrónica y reggae un día tras otro en un solo fin de semana, decidió celebrar su cumpleaños con el dúo; y ahí me tienen rodeada de gente cuyo fuerte, aparentemente, era la electrónica sufriendo por no saber cómo comportarme en algo que estaba más cerca de una fiesta que de un concierto. De entrada, hacerle saber al lector que cerrar los ojos y moverme como lo hace la gente en una fiesta de electrónica no se me da, es por eso que prefiero otros géneros como el rap; soy más de rapear a la par con el artista al que estoy viendo y de saltar o “botarle aire” cuando me lo pide. No más.

De todas maneras, Mitú me ha llamado tanto la atención, que dije, ¿por qué no verlos en algo un poco más cercano a sus shows en el exterior? En un club, con un set largo y a la madrugada, eso es lo que los tiene donde están hoy, ¿no? Llegué a las 12 y a la media hora ya estaban tocando, el lugar estaba lleno.

Hablar de canciones en un show como el de Mitú es complicado, aun así puedo decir que los primeros momentos estuvieron marcados por Melgar, uno de los sencillos de Cosmus (2017), y Lada de Balnear (2014). Con cada canción, que, como era de esperar, duró más de lo que usualmente dura, la densidad del lugar crecía. La mayoría de las personas con su mirada perdida, o en su defecto, los ojos cerrados, se veían tan cómodas. No fue difícil acostumbrarse a la humedad que se sentía, en últimas, el aire caliente respirado por quién sabe cuántas personas más no molestaba de a mucho. Me preguntaba si eso mismo podría lograrse sin música…

Estaba cerca a la tarima, una corta pausa en el show fue interrumpida por un Dime qué sí, Mercedez… mecánicamente volteé a ver a la chica que había tenido su celular arriba durante más de una hora con un letrero que pedía la canción, ella cerró los ojos y yo sonreí. Eran las 2 de la mañana, ninguna de las personas que estaba en Boogaloop lucía cansada, muchísimo menos Julián, que saltaba altísimo con cada canción, o Franklin. Si estos dos tipos le dan a las máquinas y a la percusión así cada que tocan, ya sé por qué han ganado tanto terreno, pensé. Es tan natural la conexión que tienen entre sí, juntos son capaces de mantener a quienes los escuchan emocionados y ansiosos durante 45 minutos o 3 horas. Estoy casi segura de que improvisaron más de una vez, tan fluido que terminó siendo algo imperceptible.

En la segunda de sus pausas, que al igual que la primera no duró más de dos minutos, la gente pidió, literalmente, a gritos una canción, Solitario. No lo esperaba, pensé que un público como el que tenía el club esa noche no exigía, simplemente, recibía. En últimas, quizá no éramos tan diferentes, o puede que sí, pero en la música no, en ella éramos uno solo. Me había rehusado a bailar esa noche, ¿por qué?, no sé, no me gusta, pero al final sentí que debía hacerlo, y lo hice. La gente cantaba el coro de Solitario fuerte y Julián los alentaba levantar la voz aún más. La terminaron, no sé cómo, porque el coro quedó hecho loop, y después de eso las únicas palabras en español por parte de la banda en toda la noche 2017, qué año tan denso ¡A la mierda todo, vamos con música!.

Después siguieron media hora más sin parar, sin dejar de lado la energía que lograron mantener de inicio a fin. Su brío y su música, que pasó del techno a la cumbia, el porro y la psicodelia, sumado a los cantos en palenque de Franklin y el manejo de luces del lugar construyeron un viaje de horas por la selva en el corazón de la ciudad, sin importarles tenerla a kilómetros. | R

Sofía Rojas
Estudiante de Periodismo y Opinión Pública en la Universidad del Rosario. La música hace parte de su vida, apasionada por la escena latinoamericana. Amante de la radio y el en vivo.


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