Javier Ibarra llenó de amor y alegría, una vez más, a la ciudad de Medellín. Por duplicado, el Teatro Metropolitano explotó con las rimas de su cancionario, y en especial de El Círculo.

 

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Fotos: Sebastián Mesa (@smesa827)

Cogí mi paraguas y me lancé a la lluvia caliente, como de costumbre en Medellín todo es caliente. Inédita; por el lugar al que íbamos, a ver a quien veríamos y sin más preámbulo nos adentrábamos en un terreno delimitado por rimas, versos y compases que confluyen en el mismo punto: El Círculo (2016). Cuando entramos a una de las grandes tablas en la ciudad, lo primero que se vino a mi cabeza fue, (gracias, no me voy a mojar), mentiras, en realidad no veía la posibilidad de estar frente a uno de los mayores exponentes del rap en una silla, acompañada por más sillas y escaleras, donde la parafernalia exige ser así, de una forma u otra.

Lista para escuchar el primer álbum como solista de Javier Ibarra Ramos, o como se gritaba de principio a fin: Kase.O, saqué mi boleto, vi muchas caras conocidas, entramos y como corderito fui a sentarme, esperé.

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Silencio, raperos de Medellín, sentados, en silencio.

La luz se encendía, en el medio, un trono, allí llegó R, el dj, luego vino la luz y con ella El momo, y al compás de la primera letra, el auditorio ya comenzaba a vibrar. Saliendo de sus sillas, una multitud fue al borde de la tarima y sin saberse las letras, todos esperamos a gusto la llegada del grande.

Un escalofrío recorría mi cuerpo cuando al iniciarse el ritual, el MC, pronunciaba: Esta noche voy a dar lo mejor de mi, para sacar lo mejor de vosotros… vamos a hacerlo inolvidable ¿Están listos, Medallo?. Una masa de catapultas se alzó, los pies de la audiencia se elevaban junto con los gritos y la voz de Javier, que nos venía a regalar esa noche lo mejor de sí, un álbum que te atrapa como en un círculo, lleno de emociones. Rabia, dicha, protestas, fiesta, amor, sexo, tiempos raros, vacíos, tristes y reconfortantes, que se encuentran en las letras de la intimidad de Kase.O.

La noche seguía congelada en un momento donde no importaba estar de pie. Con las manos acompañando la pista y la garganta seca, el tiempo parecía disiparse, excitante como la lírica, precoz como el verso, jadeando la rima, llegando al final de las estrofas. Explotó en sensaciones el auditorio, las mitades se unían y el show dejó entrar aquellas canciones que a muchos nos recordaron esa etapa donde Kase.O era Javi, de Violadores del verso, luego la luz parecía hacerse más pequeña y cuando pensábamos que todo había acabado, volvió a pararse.

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En una silla, tres luces y sollozando escuchábamos esa canción que a gritos pedía el público, pedía yo, pedía Javier, sucumbiendo en lágrimas ni ácidas ni saladas, Javier nos mostraba que ¡ese si era él!, ese si era él, un poeta; consciente con cada palabra, cada verso, los tracks van mucho más allá de eso, sin concepto abstracto Basureta nos trae de vuelta y nos lleva a viajar al interior de nosotros mismos, real, como los hechos, así son cada una de las canciones, cada una de las palabras, historias reales contadas, rimadas, cantadas y bailadas por Kase.O.

La noche llegaba a su fin repartiendo arte, el auditorio concentrado, atónito, recibía y daba todo, regalando paz, de la verdadera, sin acuerdos en la Habana… un, dos tres, paz.

Bailando se terminaba el concierto, pero las letras seguirán en nosotros como los círculos, al igual que todos, vicioso, adictivo y necesario de escuchar, pues finalmente lo único que queda es ese aliento, ese respiro después de escuchar en vivo aquello que te acompaña siempre y te recuerda que:Cuanto más amor das, mejor estas. | R

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